Curiosidades

Cuando la piña era el objeto de lujo más caro del mundo

Hoy la encuentras en cualquier supermercado, pero hace tres siglos la aristocracia europea alquilaba esta fruta por una noche solo para presumir su riqueza en las fiestas.

Imagínate ir a una fiesta de alta sociedad y ver que el centro de atención, custodiado casi como una joya de la corona, es una simple piña. Aunque hoy nos parezca una locura, en la Europa de los siglos XVII y XVIII tener esta fruta tropical en la mesa era el equivalente a tener un auto de lujo estacionado en la puerta. Las piñas se convirtieron en el máximo símbolo de riqueza, poder y estatus social entre la realeza y la aristocracia, superando por mucho el valor del oro o las propiedades.

Una cena elegante donde la piña es el centro de mesa absoluto y todos la admiran sin tocarla. Imágen: Gémini

El motivo de este precio astronómico era una auténtica odisea de transporte. Como la piña es una fruta perecedera que se pudre rápido, los barcos de la época rara vez lograban traerlas intactas desde América hasta Europa. Al haber tan pocas disponibles, una sola piña podía llegar a costar el equivalente a miles de dólares actuales. La obsesión fue tal que el rey Carlos II de Inglaterra incluso se mandó a pintar un retrato oficial recibiendo una piña como regalo, inmortalizándola como el accesorio de moda definitivo.

Como comprarla era un lujo prohibitivo para la mayoría, nació un negocio redondo: el alquiler de piñas. Si un noble de clase media alta quería impresionar a sus invitados en una cena importante, iba con un comerciante y rentaba una piña por una noche. El objetivo, por supuesto, no era comérsela (¡eso habría sido un sacrilegio financiero!). La fruta se colocaba intacta como centro de mesa para que todos la admiraran y, al terminar la velada, se devolvía al comerciante para que se la rentara a alguien más.

La fiebre por las piñas llegó a la arquitectura y al diseño, decorando desde vajillas hasta los portones de piedra de las grandes mansiones. Por fortuna para nuestros bolsillos, la llegada de los barcos de vapor en el siglo XIX y las plantaciones masivas en lugares como Hawái permitieron que los costos de transporte bajaran drásticamente. Así, el fruto de los mil dólares dejó los palacios reales para convertirse en la fruta accesible y refrescante que hoy todos podemos disfrutar.

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