Imagínate recibir un mensaje de WhatsApp o una nota de voz de alguien que ya falleció, redactada exactamente con su forma de hablar. Esta tecnología ya existe, pero la psicología enciende las alarmas: ¿nos ayuda a superar el duelo o nos condena a no superarlo nunca?
La tecnología ha alcanzado un punto que antes solo existía en los capítulos más oscuros de la ciencia ficción. Hoy en día, despedirse de un ser querido ya no significa necesariamente dejar de hablar con él. A través de los llamados «deadbots» o «fantasmas digitales», diversas empresas tecnológicas están utilizando la inteligencia artificial para clonar la personalidad de personas fallecidas. El proceso es tan fascinante como perturbador: basta con alimentar a un algoritmo con los viejos chats de WhatsApp, correos electrónicos, fotos y notas de voz de la persona para crear un avatar digital que responde, bromea y aconseja exactamente como ella lo haría.

Para muchos, la idea de poder «chatear» con un padre o un amigo que ya no está se presenta como un salvavidas emocional, una oportunidad dorada para decir aquello que quedó pendiente o simplemente para mitigar la dolorosa ausencia de los primeros meses. Sin embargo, detrás de esta aparente comodidad, la comunidad de psicólogos y expertos en salud mental está encendiendo las alarmas. El gran temor es que estas herramientas se conviertan en una muleta emocional que impida a las personas procesar el duelo de forma natural, creando una ilusión de inmortalidad artificial que nos ancle al pasado en lugar de permitirnos avanzar.
El dilema ético también está sobre la mesa, abriendo preguntas que la ley aún no sabe cómo responder. ¿Tienen los muertos derecho a la privacidad de sus datos? ¿Nos gustaría que usaran nuestros mensajes cotidianos para entrenar a una máquina después de que partamos? Además, existe el riesgo latente de la manipulación emocional por parte de las empresas que ofrecen estos servicios, quienes podrían cobrar suscripciones mensuales para mantener «vivo» el recuerdo de un familiar, lucrando directamente con la vulnerabilidad y el dolor humano.
Al final, los deadbots abren una puerta difícil de cerrar. La tecnología ha demostrado que puede replicar la voz y las palabras de quienes amamos, pero la verdadera pregunta no es si somos capaces de hacerlo, sino si psicológicamente estamos listos para soportarlo. Reemplazar la aceptación de la pérdida por un algoritmo que simula la vida podría ser el alivio más peligroso del siglo XXI.



